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Confesiones/crónicas de un internauta asombrado.

14. marzo 2021 11:33
by Gunner
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Relato: Hoyo 5.

14. marzo 2021 11:33 by Gunner | 0 Comentarios

Es increíble cómo pasa factura el tiempo de sedentarismo. Si, anhelados lectores, estoy muy mosqueado… mucho… me explico. El Golf es un deporte que me relaja sobremanera, disfruto de su calma inherente, cada golpe, y de cada recorrido… y no se me da mal. Pero hace unos días…

Entre el frío del otoño/invierno, los diversos confinamientos y el teletrabajo, llevaba meses sin practicar y estaba deseando que llegase el buen tiempo para salir de nuevo al campo de golf. Lo cierto es que llegué con muchas ganas, seguro, confiado en mí y deseando retomar el deporte. Sabía que después de tanto tiempo los primeros golpes iban a ser algo rígidos, pero que tras unas pocas repeticiones iría todo tan fluido como siempre. La realidad fue bien distinta… Rigidez en los brazos, rigidez en el torso, swings tensos, mal tino en el golpe… no daba una a derechas.

Ufff, qué mal… contento de estar allí, pero bastante molesto por verme tan “oxidado”. Así pues, en vez de seguir intentándolo, opté por relajarme... relajarme mirando al verde. Me senté plácidamente un rato en un banco de la zona de prácticas, apoyé la espalda cómodamente en el respaldo, estiré las piernas y... a distraer la mente!!!

Lo que van a leer a continuación es fruto de ese momento de relax y de esas locas ideas que van y vienen por mi imaginación.

   

Prólogo.

Me llamo Eduard Hood, detective jubilado. Me he sentado aquí a la sombra tranquilamente a descansar.

- No... hoy no es mi día.

Estoy pensando cómo narices me dio a mí por practicar este estúpido deporte. Yo, que jamás me había acercado a un campo de golf.

¡Ah, ya lo recuerdo!… Si no hubiese sido por ese maldito último caso por resolver, quizá estaría ahora sentado en una playa tomando un delicioso Daiquiri en vez de sudando y con agujetas por todas partes.

Esas dos malditas jóvenes damas, dándoselas de snob...

Hoyo 5

Entregolpes, par 4, salida azul, 314 metros de puro infinito. Ellas se situaron en el Tee junto a las marcas que delimitaban el punto de salida.

- ¿Viste? Increíble, allí está Michael - Dijo Emily

- Siempre ha sido un hombre elegante. Muy a su manera, pero elegante…

- ¿Buen conversador, Ellen?

El césped, muy tupido con la hierba de apenas centímetro y medio de longitud y cortada con mucho mimo, aún tenía impresas las huellas de las pisadas de la pareja que había salido de ese hoyo minutos antes.

- No, Emily, eso no… siempre se guardaba sus pensamientos y eso me exasperaba. Tenía que esperar a que él mismo decidiese contarme qué le preocupaba. Solo entonces era capaz de pararse a explicarse y hacerme entender qué le pasaba por la cabeza o el porqué de sus comportamientos... Quizá estaba cansado de mi o de mis intentos para tratar de influirle, a mi manera, e intentar corregir su forma de ser… Además… esas copas que tomaba todos los días… ¿Quién sabe?  -  Ellen sabía que su insinuación era exagerada, nunca fue un borracho, pero tenía que callarla como fuese. La estaba distrayendo.

Ellen por un momento pensó en la falta de consideración y respeto de la pareja anterior, que acaba de jugar ese mismo hoyo, por su manera de pisotear el campo. Ella jamás hubiese consentido que nadie la acusase de esa "falta de etiqueta". Su prestigio por encima de todo.

- Entiendo lo que dices, a algunos hombres beber los vuelve in-so-por-ta-bles, y creerme, sé de lo que hablo. Desde luego ahora... parece todo lo contrario, lleva un rato conversando alegremente con el Caddy Máster, da la impresión de que ambos bromean afablemente... casi a carcajadas... ¿quizá acerca del recorrido del campo?… Mira, parece que señala la zona de entrenos. Fíjate creo que hablan de la distribución de las sombras gracias a las cubiertas de los Tee de prácticas.

- Anda Emily, deja de mirarlo. Parece que no nos ha visto y quiero jugar tranquila este hoyo. Todo lo malo que me pasó entonces fue por culpa suya y ahora tan solo quiero concentrarme en mi swing.

- Ya... entonces ¿cómo llegaste a pensar que fue culpa suya?

Emily, se ajustaba su faldita negra, corta, con bandas color pistacho, y cerraba un poco más la cremallera de su camiseta de manga larga ceñida, blanca y pistacho de dos tonos, a juego con la falda. Había visto el modelito lucido por una famosa jugadora de golf y pensó que a ella le iba a sentar igual de bien. No se equivocaba, pero lo ajustado del escote, la hacía sentirse falsamente incómoda. Blanco de las miradas de los demás.

- Tenía su forma de ver la vida, y nunca culpaba a nadie de lo que le pasaba, pero creo que él era su peor enemigo. Decía que nunca obligaba a nadie a hacer nada que no quisiese, pero que tampoco iba a consentir a nadie que le obligasen a hacer algo que no querría hacer.

- Y eso te hizo alejarte de él.

El día era algo ventoso, soplaba poniente, y el sol del atardecer empezaba a dificultar estimar la distancia al Green. Ellen se caló la gorra para que la visera le protegiese del sol y así poder calcular bien el golpe. Mientras Emily solo pensaba en que se estaba despeinando e iba a tener que repasarse el pelo cuando terminasen el recorrido antes de concluir la jornada en restaurante del club deportivo.

- No podía estar con mi propio espejo… o al menos eso decía mi psicóloga. Ella llegó a decirme que, en su opinión y por lo que le había contado en las sesiones de terapia, lo que no me gustaba de él es lo que no me gustaba de mí misma. Llegó a decirme que éramos demasiado iguales.

- ¿Eso es malo?... ¿que seamos tan parecidos? Para mí que es todo lo contrario, alguien que me entienda, que sepa lo que necesito. Si es como dices, seguro que comprendía mis momentos y me daba mis espacios...¡Que no me obligue a nada! Que me hable cuando tenga algo interesante o importante que decir y no me llene la cabeza de palabras vacías. ¿Tú crees que cuando bebía…?

- Emily, ¡por favor!

Verde por todas partes, para ellas caminar por las calles del campo de golf era un símbolo de su estatus. Eran de las pocas privilegiadas que en una ciudad tan árida y calurosa sabían que tenían el placer de disponer de un lugar exclusivo donde relajar su vista y sus oídos de la saturación de la gran ciudad. Sus motivos eran bien diferentes, pero a ambas las habían conducido al mismo deporte. Una, por su incesante competitividad, buscaba un deporte que, de manera calmada, pero requiriendo la adecuada dosis de concentración y precisión de la que siempre presumía, le supusiera un reto personal. La otra, buscaba un deporte a la altura de sus expectativas, un lugar selecto, de caché y donde relacionarse con la "Crème" de la sociedad y de camino cazar a algún rico empresario.

- Disculpa Ellen, no quería ofenderte… solo estaba hablando en voz alta. Bueno, pero seguro que al menos te correspondería durante el camino que anduvisteis juntos. Te necesitaría, como casi todos los hombres, para que le organizases la vida, ¿no?

- ¿Necesitarme? … ¿Espacio?… Demasiado espacio… No, no me necesitaba para nada, decía que le encantaba pasar el tiempo conmigo y así lo parecía, pero cuando estaba lejos no era el típico hombre que te llamaba para contar lo que estaba haciendo, a pesar de que me desvivía por saberlo, por ver cómo se encontraba o si me echaba de menos. Cortaba la comunicación, como si le gustase estar solo.

Se acercaban a la mitad del recorrido, y evidentemente no les iba a dar tiempo a terminar los hoyos antes de anochecer. A lo lejos, en el comedor social se apreciaba el movimiento de los camareros preparando las mesas del comedor. Querían aprovechar para cenar en el club social. Servilleta a la izquierda, a su lado tenedor de ensalada, tenedor de pescado, tenedor de carne. En el centro bajoplato, plato de servicio y plato de pan. A su derecha cuchillo de pescado, cuchillo de ensalada y cuchara. Delante plato de pan, cuchillo de untar y cubiertos para postre y a su lado copa de agua, copa de tinto, y copa de blanco. Todo como debía estar.

- No, Ellen, Michael no parece un hombre de los que le gusta estar solo ni tampoco fácil de manipular. ¿No sería que se enfundaba en la máscara de autosuficiencia, para no parecer débil?

- Nada de máscaras, y desde luego muy firme cuando estaba convencido de algo… a pesar de que yo llevase la razón.

-Uhhh, tú siempre llevas la razón, ja, ja, ja… - Rió Emily malévolamente.

Para el primer golpe de Emily usó una madera 5, un palo de calle algo más permisivo y fácil de usar que los hierros largos. El golpe le resultó centrado en la calle, pero corto, aunque dio un saltito de alegría por haberlo dejado medianamente bien colocado. Ellen en cambio calculo que usando un hierro largo 4 podría imprimirle más velocidad y precisión al golpe asegurándose poner la bola al borde del lago justo para saltarlo en el siguiente golpe. Así fue, a 5 metros del borde del obstáculo.

- Buen golpe Emily, quizá el swing podrías corregirlo un poco, pero muy correcto. El próximo intenta hacerlo como el mío que lo he dejado justo donde quería. Corre que nos pisa el hoyo la pareja que nos sigue.

- Ufff, que prisas… con lo que pesa el carrito de golf... ¿Y quién jugaba mejor? ¿Tú o Michael?

Mientras caminaban hacia la posición de sus respectivas bolas, el sol tocando ya la línea del horizonte teñía el cielo de color crema. El arbolado, acariciado por la brisa del atardecer, producía una especie de susurro que hacía parecer la calle del hoyo 5 lugar un paradisíaco en el que detenerse a sentir el mundo hasta que se hiciese la noche. La mera posibilidad de disfrutar de tranquilidad del recinto frente a lo agitado y acelerado en la vida en la urbe, del amplio verde del césped exquisitamente cortado frente al gris de la ciudad, del olor a humedad tras el riego de los aspersores frente a la aridez del terreno circundante, constituían el oasis de paz que todo el mundo en la ciudad ansiaba poseer.

- ¿Emily? Perdona, pero es ya está bien, ¿vale? He venido aquí a hacer algo que me gusta, y encima la persona con que he venido no hace más que preguntarme por mi pasado. ¿tienes algo con él? ¿estás interesado en él?… Por favooor, deja de hacerme recordar. Ya lo pasé bastante mal, y ahora lo tengo ahí atras, apenas a unos hoyos de nosotras.

- Ellen tranquila, tú eres mi amiga y he venido a disfrutar del campo contigo, pero yo no tengo nada contra él. Simplemente me ha parecido curioso verlo aquí tan…

- ¡EMILY, CALLATE POR FAVOR! No hagas que me arrepienta de… de… de haberte invitado a jugar conmigo.

- Tu turno, Emily.

- Un segundo que me arregle el pelo Ellen, Michael me está mirando. Juega tu primero.

Falló el golpe, la bola al lago. El golpe... perdido. Para intentar salvarlo, no le quedaría más remedio que recurrir a la técnica de aliviar la jugada dropando. Sin embargo, el gesto de crispación en la cara de Ellen iba más allá de la ira…

Epílogo:

- Hola Detective Hood, me alegro de verlo por aquí. Hace tiempo que no se nada de usted… Hummm… déjeme pensar... desde el caso del tiroteo por el alijo de heroína en los muelles.

-  Si cierto, Clay. Fue hace dos años. ¿Cómo pasa el tiempo?

- ¿Dos años ya? Joder, sí que es cierto. Pero bueno, ¿qué has estado haciendo últimamente?

- Ya sabe, trapicheos de droga, algún caso de estafas de bancarias, pero en general nada destacable. Desde que en el departamento se enteraron de que iba a jubilarme en poco tiempo, apenas me dan nada con chicha. Y francamente, a estas alturas de mi carrera, casi lo agradezco. Ya solo pienso en a qué voy a dedicarme cuando me licencie.

- Claymore, de quien es el cadáver???

- La comisaría perderá un gran detective. Le voy a echar de menos. Ahora entiendo por qué envían a alguien de su reputación para esto. Si, ciertamente este caso no tiene ninguna complicación…

- Cuénteme Murray, ¿qué ha pasado?

- Nada. Para mí que ha sido un accidente desafortunado, pero son personas relevantes, y el club de golf no quiere ver manchada su reputación.

- ¡Yá, entiendo!

- Si, Sr. Hood. Dos niñas pijas jugando al golf, por algún motivo una de ellas empujó a la otra al lago del Hoyo 5. No sé si sabe que esos obstáculos artificiales son trampas mortales. Forman una especie de aljibe con una lona impermeable muy deslizante y, cuando una de ellas se precipitó al foso, no conseguía salir. La otra chica intentó ayudarla a salir sin éxito, así que fue corriendo a la caseta del club. Cuando regresó con la ayuda se la encontraron sin respiración.

- ¿Y los servicios de emergencia?

- Estuvieron intentando reanimarla durante media hora, peeero…

- Joder, vaya putada, Clay.

- Si, una chica joven y tan bonita. Allí en aquel coche de policía junto a la ambulancia tiene esposada a la otra mujer. Desquiciada, llorando como una madalena. Acérquese, intente calmarla y a ver si le cuenta el verdadero motivo del altercado.

- Voy a ver qué puedo hacer, ¡trabajo es trabajo!… Oye… estoy pensando que cuando regresemos a… ¿te apetecen luego unas cervezas en el local cerca de la cochera? El bar de Terry... ¡Ya sabes, las viejas costumbres!

- Encantado Hood, en cuanto rellene el papeleo en la comisaría, nos vemos allí. 

Fin.

   

Es curioso cómo una conversación banal entre amigas va subiendo de tono (“calentándose” como suele decirse) y poco a poco el ambiente de relax va tensándose hasta la tragedia. En general puede llevar a las personas a cometer errores fatales, de los que a veces uno (la protagonista en este caso con ese infructuoso intento de rescate) acaba arrepintiéndose, y desafortunadamente… no suelen tener vuelta atrás. Qué opinan???

Si bien es cierto que la violencia entre los hombres suele ser de índole mecánica, tornándose en la mayoría de los casos en una descarga de rápida de tensión a modo de agresión física, el género femenino, menos propenso a la "mecanicidad", también la ejerce. Suele ser de "grano fino"... y más fino aún si se trata de mujeres de "cierta clase", pero indefectiblemente también ocurre. Sus motivos suelen ser más difíciles de categorizar pero sin duda los rumian... e igualmente acaban resolviéndose con catastróficas consecuencias, como habrán comprobado en este relato.

Este relato está dedicado a tres personas muy especiales. A dos de ellas tengo la fortuna de conocerlas desde hace tiempo, compartimos aficiones y sentimientos. La tercera, un hallazgo reciente, me ha sorprendido por su mordacidad y pragmatismo... un personaje curioso sin duda.

En cualquier caso, aunque no lo parezca, este relato es mi cuarta incursión en la "temática policiaca". De hecho... el epílogo iba a constituir la base del relato, con un "previo" para poner en situación la trama, peeero... como suele ocurrirnos a los que tenemos cierta vena literaria, a veces los relatos se escapan de nuestras manos a pesar de intentar asirlos con fuerza (pero con delicadeza)... como los palos de golf cuando ejecutamos un buen swing.

Si han leído mi post anterior, comprobarán que he cumplido mi promesa y en vez de un artículo técnico, les he agasajado con este curioso relato. Les dejo descansar por ahora, mis queridos lectores. Nos vemos en mi próximo post (espero que más pronto que tarde) o en el campo... de golf.

Un saludo, Damas y Caballeros!!!

P.d.: Siento profunda admiración por el género femenino, y espero que no me tomen por lo que no soy. Por otra parte, no estaría de más que os animaseis a pulsar sobre las estrellitas para votar qué os ha parecido el relato y, sería para mi toda una sorpresa digna de agradecer, dejaseis un comentario pulsando en el enlace azul cerca del título (y luego desplazándose a la zona de input del comentario), gracias.

Cool

15. febrero 2020 21:00
by Gunner
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Relato: Zen dream.

15. febrero 2020 21:00 by Gunner | 0 Comentarios

L@s que ya han leído el relato que les traigo a continuación me preguntan que cómo me ha dado por escribirlo. Bueno... tiene una respuesta fácil. Últimamente estoy leyendo mucha literatura japonesa (llegué a ella gracias a Murakami y la insistencia de una joven dama). Como sabrán, la literatura japonesa es una mezcla sutil de lo real y lo imaginario, de moralejas y/ó lecciones sobre la vida, en la que los hechos son narrados con la exquisitez y minuciosidad propia de su idiosincrasia. Quizá, lo único que me moleste de su estilo sea la lentitud con la que, en general, avanzan los acontecimientos. Es decir, describir la simple caída de una hoja, puede consumir páginas y más páginas de elucubraciones materio-oníricas. Pero eso... no necesariamente malo, pues suelen ser páginas llenas de hermosura, requiebros e introspecciones literarias, que en la mayoría de los casos merece la pena leer. Así que (retomando el hilo de mi introducción) decidí escribir mi propio relato japones. Es un poco más largo que otros relatos a los que habitualmente les tengo acostumbrados, peeero... seguro que les gusta.

Entremos en materia, no sin recomendarles que mientras escuchen un poco de Shakuhachi:

   

Junichiro se levantó acelerado, con la respiración entrecortada, casi jadeando. El sudor le resbalaba por la frente y podían notarse las marcas húmedas de su espalda sobre el tatami de la habitación.

Cerca de Kyoto, en las faldas del monte Daimonjiyama, el otoño iluminaba de tonalidades rojizas el momiji de los árboles que rodeaban el templo Zenrinji, cuya belleza se veía aumentada durante la noche, por iluminación nocturna que ofrecía el santuario. Junichiro llevaba ya algunos inviernos en el templo como asistente del maestro Umezaki, quien lo estaba instruyendo en el arte de los haikus.

Hacía frío en la habitación donde se encontraba, algo alejada y situada cerca de los retretes del recinto. Llevaba puesto apenas unos calzones cortos, por lo que se cubrió rápidamente con su haori y corrió, atravesando el jardín y el resbaladizo puente sobre el estanque, hacia la zona noble del templo, donde se encontraba el pabellón en el que residían los monjes.

Al llegar a ella, buscó la habitación de Umezaki. A través del shöji, percibió la luz de la llama de una lámpara, por lo que supuso que el maestro aún estaría despierto, trabajando en alguno de sus poemas.

Se agachó, y de rodillas, con el peso del cuerpo apoyado en los pies, desplazó suavemente el tabique móvil formado por cuadrículas apretadas de grueso papel blanco.

El maestro se mesó la barba, una barba tupida, blanca, trenzada de manera intrincada, acabada en un fino y apretado nudo de pelo. Viendo a su pupilo al otro lado del marco, le preguntó:

- Junichiro, ¿qué haces a estas horas frente a mi habitación, y con ese aspecto tan desaliñado?

- Maestro, siempre me has dicho que los sueños son el reflejo de nuestro interior y nos dicen quiénes somos.

-Así es, muestran realmente lo que la máscara de la mirada esconde.

Umezaki miró los ojos turbios y azorados de Junichiro y, leyendo su expresión, adivinó que algo trascendental había alterado la serenidad de su aprendiz.

- Dime, Junichiro, ¿qué sueño ha alterado tu paz interior?

- Maestro, - dijo con cierto nerviosismo - he soñado que jugaba al borde de una de las albercas donde se tiñen las sedas y los linos con los que elaboramos los ropajes de los miembros del santuario.
En mis manos sostenía una fina caña de bambú, larga, flexible, puntiaguda y afilada, cortada en el estanque del jardín, junto a la muralla norte del templo. Jugaba a tocar los pequeños peces coloridos que se dejaban ver nadando cerca de las flores de loto azul. Estas flotaban hermosas sobre la superficie acristalada del agua, animando a los peces a cobijarse bajo ellas y juguetear entre sus enmarañadas raíces.
Encontraba varios peces, los tocaba, pero no los ensartaba. Observaba cómo a ellos les molestaba ese juego, pues el extremo punzante de la caña podía fácilmente atravesarlos. Por ello, estuve a punto de dejarlo.
Molesté además a otro de los peces. Diferente, algo más grande, aplanado, blanco moteado. Tras tocarlo, mientras yo caminaba por el borde de la alberca, veía que me seguía. De pronto, al volver a tocarlo por segunda vez, noto que se aproxima al borde de la alberca y comienza a asomar su cuerpo. Angustiado, mientras se va alzando, compruebo que se trata de un pez de enorme tamaño.

- ¿Cómo pude confundirme? - pensé.

Supuse que la refracción del agua había hecho que pareciese de menor tamaño de lo que realmente era. Poco a poco va emergiendo a la superficie e intenta comerme, tratando de tragarme con su gran boca pegajosa. Su cuerpo, aplanado, parecido al de una carpa, era tan grande como el de una ballena. Su piel, blanca, resbaladiza y maloliente. Su cabeza, grande, con bigotes en los extremos de la apertura dentada de la boca.
Mientras me perseguía, corro intentando escapar y creo sentir que alguien me observa. Me digo a mí mismo:

- ¡Voy a quedar fatal! Me va a comer. ¡Solo estaba jugando!

- Encaramándome por el borde de una de las paredes laterales, veo cómo me libro saltando hasta el borde de la alberca más cercana. Observo cómo el pez enorme pierde interés y se vuelve a sumergir en el agua. Pienso que me he librado por poco.

-Maestro, por favor, pon algo de luz en mi sueño.

Umezaki respiró profundamente y, con un pausado gesto de la mano, indicó al joven aprendiz que pasase y se situase junto a su kotatsu, pues debajo de ella había un brasero que servía para calentar los pies. Así, al menos, conseguiría calmar el frío que atenazaba la respiración de su alumno.
Le ofreció un poco de té caliente en un cuenco lacado de cerámica gris, que, bajo la cálida luz de la lámpara de aceite que iluminaba la habitación, mostraba el color de la pátina de vejez que cubría todos los elementos de su vajilla.

- Junichiro – llegó a decir el maestro. Y, cerrando los ojos y apretando levemente los labios, respiró lentamente por la nariz. El sonido su respiración al fluir era tan acompasado, que el atribulado alumno comprendió que estaba meditando seriamente su respuesta.

Pasaron unos minutos, y por fin el maestro haikuista dijo:

- En la esencia del sueño está la esencia de la respuesta.

- Pero, maestro Umezaki… no entiendo cómo el sueño puede ser a su vez la respuesta al propio sueño. Intuí que algo malo iba a pasarme. Presentí mi futuro mientras veía cómo el pez me intentaba tragar.

A veces la expresión del rostro de una persona lo dice todo, y el gesto del joven aprendiz manifestaba claramente al maestro que su discípulo no era capaz de ver más allá de la superficie. Lo asumió. Sabía que aún era un mero estudiante, y compasivamente se dispuso a darle una lección sobre el significado de los sueños.

- Cada elemento de tu sueño es un símbolo, y tiene su explicación y significad: el bambú afilado, el agua, el azul del loto... Pero vamos al elemento central de tu sueño: los peces.

Detuvo un momento su explicación para cerrar el shöji y evitar que la habitación siguiese enfriándose. Agitó con una varilla metálica el carbón del brasero, volvió a inspirar profundamente y, tras soltar el aire descinchando sosegadamente el pecho, prosiguió:

- Los peces son los problemas a los que te enfrentas, de todos los tipos, de todos los colores. Tú los abordas, los afrontas, y los resuelves con ligereza, despreocupación y sin miedo. Pero hay uno, uno en especial, blanco, del color de la pureza, uno que te preocupa especialmente.

El semblante del maestro, relajado hasta entonces, cambió. El juego de luces y sombras que producía la luz amarillenta de la lámpara, acrecentaba la severidad de su expresión.

- En ese problema te va la vida. Te preocupa, y te ha llegado a preocupar tanto, que tienes demasiado miedo a que perturbe tu existencia. Afortunadamente, en el último momento has saltado y te has liberado.
No sé cuál es el problema que te corroe, ni quiero saberlo. Es tu problema, lo dejo para ti, para que crezcas, pero sí te diré que has conseguido superarlo. En el último momento... pero lo has superado. Una cosa más te diré, mi apreciado pupilo. Ten cuidado, te advierto… la vida está llena de albercas.

- Gracias, maestro, por mostrarme tu lucidez en la oscuridad de la noche. – dijo Junichiro, aún perplejo por la claridad de la respuesta, inclinándose varias veces con las palmas de las manos unidas frente al pecho, a modo de reverencia.

El aprendiz se terminó el té y el maestro, con delicadeza y esmero, limpió y recogió el cuenco, depositándolo junto al resto de la vajilla. Se miraron un momento expresando gratitud y condescendencia respectivamente. Y, caminando de espaldas a la salida, el alumno se alejó hacia su aposento.

- Junichiro – dijo por último el maestro - Si el pez te hubiese comido, habrías muerto. Habrías fracasado.

Fin.  
    


A veces los problemas asaltan nuestro subconsciente cuando más relajado está, y se genera un lucha interior en la que nuestra mente suele ser nuestro peor enemigo. No se… por ejemplo una enfermedad grave. Hablar de ellos es un tema harto delicado, pero detrás de este relato está la lucha de muchas personas que se enfrentan a las preocupaciones que las agobian. La esperanza siempre está ahí a pesar del desánimo. La lucha es el camino, la curación/solución está al alcance de la mano, y gran parte de la gente que los ha superado acaba viéndolos, con un resoplido, como una pesadilla.
Algo a lo que no damos importancia puede convertirse en un terrible animal que nos devora, y del que a veces conseguimos zafarnos en el último minuto. Una vez resuelta la situación, volvemos a la realidad y, lo que en sueños nos agobiaba, queda finalmente en nada. Debemos, tenemos, estamos obligados que aprender de ello.

Un saludo, Damas y Caballeros.

P.d.: Tengo que reconocer que he recibido la ayuda de algunas personas. Me gustaría mencionarlas: Mi gratitud, a María, a la que siempre agradeceré que, con su clara mirada de brujita blanca, siempre me haga duras críticas constructivas. A una exótica dama que me dejo "tirado" una noche, dándome el tiempo necesario para coger teclado y ratón, y enfrentarme a una pantalla en blanco con la que distraer mi mente. Y por supuesto a mi amigo, magnífico dibujante y gran arquero, Carlos, que a pesar de su ajetreada agenda ha sacado tiempo para ilustrar el relato con el excelente dibujo minimalista que lo acompaña. Como siempre, votos (abajo, pulsando sobre las estrellitas) y comentarios pulsando en el enlace azul cerca del título, gracias.

Yell